La Aprendiz II

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Revisión de 20:26 1 jun 2013

Coruscant, 10 de Abril, 8:30 de la mañana La primera que llegó a la mente de Ide cuando abrió los ojos cayó como una roca sobre él: "por la Fuerza, tengo una padawan". Esto implicaba, entre otras cosas, que su propio entrenamiento sería más complicado.

Tocó en la puerta de Anakin, pues aunque quería desayunar rápido para llegar un poco más temprano a su clase de política con Jocasta Nu, le apetecía charlar un rato con él. Siempre le alegraba un poco el día.

-Ayer lo resolví. Hoy se muda a estos dormitorios -comentó Ide.

-Entre el tuyo y el mío, ¿eh? -dijo, con voz socarrona- La de cosas que va a escuchar tu padawan por las noches...

-Esto... tendrás que gritar menos -dijo, mirando hacia los lados, como si Arakosia fuera a aparecer en cualquier momento -. Además, ahora que lo recuerdo, ¿quién era el que tenía pretensiones con Arakosia? -dijo Ide con una media sonrisa malvada-. En cualquier caso no sé dónde la asignarán, la he mandado al droide administrativo.

Anakin puso cara de indignación fingida:

-Oh, vaya. Yo sólo dije que alguien, quien sea, debería hacerle un poco de terapia sexual a esa chiquilla. No dije que pudiera ser yo. Aunque podría ser yo. Y pensé que sabrías que la habitación al lado de un caballero suele estar reservada para su padawan - levantó cuatro dedos para contar y los movió por turno-. Así que estamos tú, tu padawan; yo, mi padawan (de momento vacante); Habitación Vacía, el padawan de Habitación Vacía; Kit Fisto, Nahdar Vebb... -sus cejas se movieron mientras intentaba hacer memoria- Y así todo el tiempo. Bueno, hay excepciones, pero...

-Bueno, bueno -cortó Ide, fingiendo también despecho- perdona que yo no esté taaan enterado de todo lo que pasa en el Templo. No todos somos tan populares como tú -guiñó-. Además, ni siquiera he tenido tiempo de andar por ahí cotilleando, con todo lo de Zhur Garin y luego lo de Despayre. Y en cualquier consejo, la terapia sexual no tiene por qué cancelarse.

Algo llegó de repente a la mente de Anakin. Su rostro quedó serio.

-Por cierto, el consejo ha decidido asignarme una misión. Esta tarde me marcho a Mantooine -sonrió levemente-. Creo que en esta misión voy a tener que pilotar mucho, me lo voy a pasar muy bien -su sonrisa se hizo más amplia. Luego, disminuyó-. Creo que tendré tiempo de venir a despedirme, pero si no...

-No te preocupes -le respondió, al tiempo que le echó la mano al hombro, casi como para abrazarlo-. Yo espero salir esta noche para Nar Shaddaa.

Sus ojos, llenos de amor; su corazón, henchido de ternura; su voz, cálida y firme:

-Que la Fuerza te acompañe, Ide.

-Que la Fuerza te acompañe, Anakin.

Ide dejó a Anakin en su dormitorio, y, tras desayunar brevemente se dirigió a la biblioteca para terminar con sus clases de política a tiempo para ver a Arakosia a la hora acordada. Lo cual le recordó que necesitaba un plan de trabajo para la niña.

Por la Fuerza, tenía una padawan.


Ide llegó a la sala de entrenamiento acordada cinco minutos antes de lo previsto. Arakosia estaba sentada con las piernas cruzadas, de espaldas a la puerta. Había vaciado su mente por completo, y respiraba despacio. Su pelo estaba recogido en una especie de moño alto, a excepción de una trencilla de padawan decorada con pequeñas piedras de colores suaves.

Ide miró alrededor. Era una sala de entrenamiento típica, con un holoproyector (seguramente conectado a la biblioteca) cerca de una de las paredes, algunos droides de entrenamiento cerca de otra de las paredes, un armarito en la tercera pared y los controles de la sala al lado de la puerta. El resto era espacio vacío, y la padawan se había sentado justo en medio. No se podía decir que su presencia llenara el cuarto; más bien era Arakosia la que se había integrado en la habitación, haciéndose parte de ella.

La rodeó, procurando no perturbar su meditación. Se sentó en el suelo a media distancia de ella, y esperó a que terminara.

Sus ojos permanecían cerrados suavemente, con la expresión serena. Una arruga apareció en su frente. Ide se supo percibido. Pudo ver que ella estaba intentando determinar la distancia a la que se encontraba su maestro. Hizo un gesto de sorpresa. Tímidamente, abrió un ojo. Luego, abrió el otro. No estaba segura de haberlo hecho bien.

-Creo que vas a ser una buena Jedi -dijo Ide, cálido y solemne a la vez. No podía evitar sentirse como en una negociación con un grupo amistoso siempre que hablaba con Arakosia-. Como tu maestro, es mi responsabilidad que así sea. No me importa que estuvieras encerrada en el Lado Oscuro mucho tiempo. Esto es tu entrenamiento como Jedi, al que has venido voluntariamente y que te llevará a la Fuerza por el camino de los Jedi.

Hizo una pausa.

-Templanza, calma, paz. Ese es nuestro camino a la Fuerza. Hay más, no tengo que explicártelos. Pero no te dejes engañar: no son mejores, ni más fuertes, ni te hacen más poderoso. Sólo son más rápidos, y tienen el coste de tu energía vital -hizo una pausa dramática-. Y a veces, el precio que hay que pagar es tu propia vida.

Ide pensó en Stam, a punto de morir en aquella cocina de la casa de Zhur Garin, y en él mismo buscando en la Fuerza su corazón, inerte por la descarga eléctrica que, pensada para atacar a Ide, había acabado por consumirle a él. Y en su calma cuando dijo "late", y el corazón latió.

-Ahora que conoces el Lado Luminoso ¿cómo ves tu propio camino a la Fuerza, joven padawan?

-El único camino que tiene sentido, o sea, para mí, quiero decir... -titubeaba, sin saber si esto era una prueba o qué. Pero la expresión serena de Ide disipó sus miedos- ...para mí el único camino que tiene sentido es el que trae la paz y el bien. Es... quiero decir... el universo es un sitio con muchas cosas malas, y las cosas malas se alimentan a sí mismas, y la gente sufre... -se detuvo, titubeando. Ide la animó a seguir con un asentimiento de cabeza- ...pero las cosas buenas también traen otras cosas buenas, y la gente es feliz... Tal y como yo lo veo, lo que hacen los jedi es, hum... hacer que las cosas pasen de ser malas a ser buenas.

Dejó de hablar, con un poco de vergüenza. Se notaba que quería bajar la mirada, pero la mantuvo fija en Ide.

-No existen las cosas buenas, ni las cosas malas, padawan.

Arakosia se extrañó.

-Este... ¿no?

-No. Sólo existen los sentimientos y las emociones. Unas son agradables y otras menos.

-Pero, este... ¿y el odio y el tráfico de esclavos y esas cosas...? ¿No son malas?

-El odio hace sufrir a quien lo siente, y a los que tiene a su alrededor. El tráfico de esclavos enturbia la mente del esclavo, y le hace odiar a su dueño, y tener miedo de él, y a veces miedo de perder la vida.

-Este... ¿y entonces a los jedi no les importa el tráfico de esclavos?

-A los jedi les importa que la gente sufra. El tráfico de esclavos no es malo en sí, es indeseable porque genera mucho sufrimiento y mucho dolor.

-Entonces, el sufrimiento y el dolor son malos -dijo, más convencida del terreno que pisaba-. Y los jedi deben impedir que la gente sufra, hum, o que le duelan las cosas.

-Hasta donde podamos, sí. ¿Te gusta el dolor? ¿Te gustaría que Anakin sufriera?

-Em. No -estaba un poco turbada-. Hum. Pero -pensó durante un instante-. Y si hubiera una máquina a punto de destruir una ciudad y yo pudiera pararla, pero, ehm, por ejemplo, rompiéndole una pierna a Anakin, ¿no tendría que hacerlo?

-¿Harías daño a Anakin por algo que no es culpa suya? ¿Y si tuvieras que matar a Anakin, lo matarías para salvar a la ciudad? Supón que tu enemigo te obliga a matar a Anakin para desactivar la máquina de destrucción. ¿Confiarías en tu enemigo? ¿Elegirías el dolor? A veces el dolor se ofrece como una vía rápida para solucionar tus problemas, pero, recuerda lo que tú misma has dicho: el dolor suele generar más dolor. ¿O acaso romperle una pierna a Anakin no te haría sufrir a ti?

-Em, pues sí, claro, pero -estaba perdiendo parte de su timidez- pero lo haría por la gente, me lo haría a mí misma si fuera necesario, yo... -parecía un poco angustiada-. Todo esto que aprendemos, que sabemos hacer, lo hacemos por la gente, ¿no? ¡Por la Galaxia! Si fuera yo la que está atada a la máquina, te diría, ¡adelante! ¡Salva a esa gente!

-¿Te das cuenta de la diferencia? Tú hablas del sacrificio, de entregar tu propia vida por la gente, por la Galaxia. Matar a alguien, por la causa que sea, es sencillamente matar a alguien.

-¡Pero lo hacen! ¡Los jedi a veces lo hacen! ¡Y Anakin querría que lo hiciéramos! ¡Preguntémosle!

Ide levantó la mano, como indicándole que meditara sobre eso. Sondeó a Arakosia, y la encontró paradójicamente apasionada y serena. Determinada. Ide dejó que transcurrieran los segundos. Sintió un extraño flujo en la Fuerza que atravesaba Arakosia, y la mirada de ésta se volvió vidriosa durante un instante.

-No confundas el sacrificio con el asesinato, padawan.

-¡Pero si no lo confundo! ¿Pero acaso no tendremos que elegir? ¿Dejamos morir a toda la ciudad, entonces?

-Es la Fuerza la que nos guía en cada momento. Pero tenemos que hacerle las preguntas correctas. Si la persona que está atada a la máquina no se quiere sacrificar, la pregunta es, ¿asesinarías a una persona inocente para solucionar tu problema? ¿No habría otra forma de detener la máquina? ¿No podrías, por ejemplo, destruirla?

-Es parte del planteamiento del problema. Si la máquina se puede detener pulsando un botón que tengo en la mano, pues claro, no hace falta. Pero la pregunta es otra.

Se quedó un momento pensando, con visible frustración en el rostro.

-Nunca hay una única pregunta, padawan.

-La pregunta era: ¿hay que dejar que nuestro apego por alguien nos impida hacer lo que tenemos que hacer? ¿Y si matar a uno es la única manera de salvar a millones?

-No hablaba del apego, ni de los lazos sentimentales. Anakin es tan parte del universo como cualquier otro ser. Te hablaba de la muerte, y del dolor. Supón que asesinas a una persona para salvar a millones. Si esta persona era la que iba a destruir la ciudad, es evidente: tienes que detenerla, incluso aunque le cueste la vida. Si esta persona es un inocente, y quiere sacrificarse, entonces es su decisión. Si esta persona es inocente, y eres tú la que tiene que decidir... entonces será tu decisión.

Ide remarcó las últimas palabras.

-Los jedi defendemos la vida ante todas las cosas, y hay veces que no es fácil hacerlo.

Ella parecía muy feliz. Sonrió.

-Es el mejor trabajo del Universo.

-Es difícil, te lo aviso. Por eso has de estar preparada.

No dijo nada más, pero Ide dejó escapar una sonrisa de orgullo.

El resto de la mañana la pasaron sentados el uno frente al otro, meditando, controlando sus emociones, a veces sobre conceptos abstractos como la felicidad o la pena y a veces sobre problemas concretos que Ide iba sacando de su memoria, acertijos o historias que había escuchado de Yoda, Qui-Gon u Obi-Wan.

Ella se dejaba llevar, participaba de forma entusiasta en todo lo que Ide le proponía, respondió lo mejor que supo a todos los acertijos, e invocaba principios generales del Lado Luminoso cuando no sabía muy bien qué decir.

Ide estaba contento con su primera mañana como maestro. Cuando fueron a comer, procuró mantener una conversación menos formal, sobre los recuerdos de Arakosia antes y después del templo submarino de Shadar IV. Arakosia debía enfrentarse a su pasado, poco a poco, e Ide quería saber más de él.

Confianza. Como decía Obi-Wan: el vínculo más importante entre maestro y discípulo. Confianza.


Sus recuerdos de después del templo submarino no se extendían más allá de algunas semanas. Había gozado de la hospitalidad del Palacio Real de Galmia, viviendo por primera vez sin miedo desde hacía años. Sus recuerdos de antes...

{{ Me raptaron poco después de mi sexto cumpleaños. Recuerdo la casa de mis padres... era de madera, tallada en un gran vegetal esferoide, y estaba cerca del mar. Todo estaba cerca del mar, aquello era una isla pequeña. Había otras islas cerca, en una de ellas estaban los abuelos. Mi padre decía que no había que aventurarse en el mar, porque todo el tiempo había tormentas impredecibles y horribles corrientes que podían hundir cualquier tipo de embarcación.

Sólo se podía viajar cuando lo aprobaba un Sabio. El Sabio de nuestra isla se llamaba Ku-Hai-Wieth, y era un hombre robusto de unos cuarenta años, de trato afable y risa fácil. Todos los días, Ku-Hai-Wieth llamaba a las puertas de los pescadores.

Todos los días, el Sabio recibía el mismo saludo:

- Bienhallado el Sabio que conoce la Corriente.

- Bienhallados los que en la Corriente viven.

-¿Se nos permitirá hoy movernos por el mar?

-La Corriente no se opone.

A veces, el pescador no preguntaba si podrían moverse por el mar, sino que preguntaba cualquier otra cosa. Por ejemplo, una vez mi padre preguntó: "¿Se encuentran mis padres bien de salud?", porque había tenido un sueño en el que mi padre era atacado por un rheesh salvaje. Y Ku-Hai-Wieth se marchó, y volvió un rato después con la respuesta, que mi abuelo estaba herido pero viviría. Y ese día mi padre no fue a pescar, porque no es educado hacerle a los Sabios más de una pregunta por día.

Y a veces el Sabio decía: "La Corriente no lo permitirá", y todos los pescadores se quedaban en tierra. A veces, decía: "A ti no te lo permitirá", y ese hombre no salía a pescar aquel día, porque la Corriente es caprichosa a veces.

Mi padre, por tanto, preguntaba al Sabio todos los días, y junto al Sabio y los otros pescadores volvía con pescado para todo el pueblo.

Mi madre, mientras tanto, junto a las otras mujeres cuidaba del huerto común. No la recuerdo bien. Recuerdo que sus manos eran callosas y tiernas conmigo, y sus ojos mirándome con aprobación cuando ayudaba a andar a mi hermano pequeño. Y su sonrisa. Sonreía mucho, porque era muy feliz.

Y yo. }}


Ide dejó a su padawan con algunos ejercicios de meditación y de control de sus emociones para la tarde. Amén de algo de tiempo libre, pues seguro que estaba deseando ir al clan Rancor a contarle a Tally y al resto de sus amigos todo lo que había pasado.

Había avisado a Arakosia sobre sus planes inmediatos. Él tenía que salir de camino a Nar Shaddaa, y ella le acompañaría.

Le preocupaba un poco la seguridad de la niña, pero estaba seguro de que en caso de necesitarlo sabría defenderse. Ide sabía que, en el pasado, su defensa se había apoyado en el Lado Oscuro. Pero era tal la fuerza con la que Arakosia huía del reverso tenebroso... Creía en ella. Era su padawan. Y algo le decía que podía estar tranquilo al respecto.

Tras las clases de vuelo, Ide solicitó un piloto en el mostrador correspondiente. Aún no había acabado de darle los datos al droide administrativo, cuando Lionel Goran se acodó sobre el mostrador.

-¿No hay ninguna misión para mí? ¡Anda, si es Ide Kanor! ¿Andas buscando piloto?

Casualidad. La Fuerza. Lionel Goran mirando desde la cantina. Cualquiera sabe.

Luego se acercó a la biblioteca a obtener alguna información rápida sobre la luna. No esperaba gran cosa, pero le tranquilizaba poder repasar algo sobre el sitio a donde iba durante el viaje, y tener información en su hololibro en caso de necesitarla.

Jocasta Nu estaba esperando en la biblioteca. No es que estuviera sin hacer nada (esa mujer nunca estaba sin hacer nada), pero cuando Ide llegó, ya tenia un chip de datos listo para él. Antes de que abriera la boca, ella se lo señaló, mientras sonreía como una abuelita regalando un dulce.

-Está actualizado.

-Pero no hacía falta que...

-Ts, ts. No digas nada. Y que la Fuerza te acompañe.

Ide sonrió, y se marchó a buscar a su padawan.

Se guió por la extraña sensación que emanaba de ella. La sentía como... Ide no pudo precisarlo. Algo semiolvidado.

Ide los oyó en la distancia, antes de llegar. En uno de los jardines, el clan Rancor celebraba animadamente que otro más de los suyos había sido elegido por un maestro. Un par de docenas de chicos de diversas edades rodeaba a Arakosia, quien, ruborizada, los escuchaba hablar con una sonrisa radiante.

Tallisibeth se puso de puntillas y le habló al oído. Señaló a Ide, y la mirada de Arakosia lo alcanzó. Aunque parecía imposible, su sonrisa se hizo mayor.

El resto del Clan Rancor lo vio segundos después. En cinco segundos, todos se habían marchado. Tallisibeth fue la única que se cruzó con Ide, los demás optaron por rutas que no se cruzaran con la suya.

-Saludos, maestro -dijo mientras bajaba ligeramente la cabeza-. Arakosia está muy feliz.

Ide hizo una inclinación paralela, y dedicó una sonrisa a la pequeña.

-Sé que has cuidado bien de ella. Te lo agradezco.

Acarició el pelo de la chiquilla, y tras sonreir a modo de despedida, siguió caminando. Arakosia lucía unas botas nuevas, y al parecer también le habían conseguido un nuevo cinturón de utilidades. Y una... hum... una vaina para su espada.

Ide no entendía muy bien la utilidad de ese aparato de metal, pesado y poco manejable. Miró la vaina de la chica.

-¿Seguro que quieres llevar eso? -dijo, señalando la vaina que colgaba a su espalda. Se dio cuenta de que si estuviera colgada de la cintura llegaría hasta el suelo-. ¿No estarías mejor con un sable de luz de entrenamiento?

-Hum... bueno, yo pensaba que mientras tanto... ¿No puedo aprender a usar las dos cosas?

Ide se llevó la mano a la barbilla, en un gesto pensativo. No se había parado a pensar en que la niña ya sabía luchar, y que probablemente se sentiría más segura con su espada.

-Supongo que por ahora valdrá. ¿Y puedes deflectar disparos de bláster y parar un sable de luz con ella?

-Pues no sé, nunca he probado. Pero la bibliotecaria, una señora mayor un poco seca, no sé si la conoces, me ha dicho que antiguamente todos los caballeros jedi llevaban una de estas.

Ide recordó fugazmente la pelea con los antiguos compañeros de Arakosia en el templo submarino de Galmia. Claro que podía parar un sable de luz. Las armas de los chicos lo habían parado. Ide había escuchado hablar del acero mandaloriano. La pregunta era por qué ese tipo, Darth Maul, había dotado a sus discípulos con estas cosas.

Claro que Ide conocía a Jocasta Nu, la bibliotecaria. Un poco seca... Con Ide era encantadora. Parece ser que no era la norma.

-Está bien. Cogeré algún pequeño droide bola de entrenamiento y probaremos durante el viaje. Mucho me temo que lo vas a necesitar. Sobre lo del sable de luz... veamos lo que sabes hacer.

Con una expresión serena, Ide se colocó en una posición más de meditación que de combate. Echó la mano a su sable de luz, y lo encendió, colocándose lentamente y sin florituras en la posición de ataque de Shien.

El jardín se había vaciado. Los niños se habían ido para dejar solos a maestro y padawan, aunque Ide creyó percibir a Tallisibeth en una de las esquinas del claustro que lo rodeaba. El sol estaba cayendo. Con el sable naranja cogido con las dos manos, con la hoja mirando hacia atrás y la empuñadura encima de su cabeza, esperó al ataque de su padawan.

Ella no se acababa de decidir. Ni siquiera extrajo la espada.

-Ma... estro... ¿Y si te hago daño?

-Mientras no me cortes la cabeza, Yoda no se enfadará -bromeó.

-Bueno... -la resolución hizo brillar sus ojos al sol- Vale.


Extrajo la espada de su vaina con un solo movimiento seco, que hizo que ambos, espada y vaina emitieran un sonido parecido al de un diapasón. Con una leve sorpresa, Ide comprendió que a eso se parecía la impronta en la Fuerza de Arakosia. Era sutil, hasta que lo tenías encima...

Ella sujetaba la hoja en un angulo extraño, descendente, que apuntaba a alguna parte entre las caderas de Ide. Se notaba en la resonancia contenida que había pasado mucho tiempo aprendiendo a purgar la rabia de su forma de pelear.

-Maestro. A un enemigo superior que está esperando mi ataque... -sonrió, de una forma que a Ide le pareció encantadora- no lo ataco.

-Yo no ataco a mi enemigo hasta que no es estrictamente necesario. Lo cual normalmente implica que su sable se está acercando a alguna parte de mi cuerpo con la intención de cortarla en pedacitos.

Ide se mantenía impasible en su posición incial.

-Bien, vale.

Se acercó, con un paso y medio, y un giro en el que pasó su espada de mano a mano, de forma que la punta pasó de estar incongruentemente lejos a estar casi alojada en el muslo de Ide. Sin esfuerzo, Ide giró el sable de luz como para cortar el tercio exterior de la espada.

Con una nube de chispas, lo desvió. No perdió ni una molécula de metal. Algo resonaba en la Fuerza. Algo... difícil de localizar. Arakosia retrocedió dos pasos, esperando un contraataque que no llegó. Ide todavía estaba evaluando. Un segundo después, se encogió y giró sobre sí misma, con la espada extendida. Su juego de piernas era excelente, y le permitía atacar usando todo o parte del peso de su cuerpo.

Su estilo, no obstante, asumía un adversario más agresivo. Se le notaba que no estaba acostumbrada a tomar la iniciativa. Pero improvisaba bien.

El leve sonido de diapasón, que Ide no supo distinguir proveniente de la espada o de la propia Arakosia, invadía el jardín. A su forma, era tan hipnótico como el zumbido de un sable de luz.

Las hojas se volvieron a encontrar, a la altura de la rodilla retrasada de Ide, y otra vez más a la altura de su hombro. Barrió las piernas de Arakosia con una patada giratoria, pero ella giró sobre sí misma para aterrizar sobre un hombro, mientras mantenía la punta de la espada apuntando un poco por encima del ombligo de Ide. Se levantó casi en el momento de caer, y aprovechó el movimiento para realizar una especie de corte de abajo arriba con una finalidad poco clara. Continuó el movimiento con un tajo horizontal que atravesó el chorro de agua de la fuente, mezclando el ataque con una salpicadura de agua que lo precedía y lo envolvía.

A su pesar, Ide tuvo que retroceder un paso y emplearse a fondo para poder evitar el ataque, que iba dirigido...

A su hombro. Se dio cuenta de que Arakosia no había lanzado ningún ataque contra un objetivo vital.

Con una elegante acrobacia asistida por la fuerza, Ide saltó hacia atrás justo después de parar el último ataque. Aterrizó suavemente a unos tres metros de Arakosia, de forma que ésta habría tenido que avanzar para continuar con la pelea. No se relajó, pero dejó la guardia baja.

-Sabrás cuando vas a matar a tu enemigo, tomes tú la iniciativa o la tome él. Es muy poco tiempo, pero la Fuerza nos deja un margen de decisión. Al final, eres tú la que decide si cortas una mano, una cabeza, o si apuntas con el sable a tu enemigo para pedir que claudique.

Ide creyó ver trazas de la Forma I en los movimientos de Arakosia. Básicos y rudimentarios, pero se parecían lejanamente al Sii-Cho que Ide había visto tantas veces en los padawan más jóvenes, y en una expresión infinitamente más depurada y sublime cuando había visto entrenar al maestro Kit Fisto.

-No tengas miedo de herirme. No sientas nada. Sólo calma, y paz -Ide cerró los ojos al pronunciar estas palabras-. Elimina tus emociones. Vacíate de ti, y llénate de la Fuerza.

Aún con los ojos cerrados, y con la misma expresión serena de antes, realizó la acrobacia inversa para ponerse a distancia de combate de Arakosia, y embestir con su sable naranja, elegante y brutal a la vez según dicta la vía del dragón krayt.

Esta vez Ide puso más empeño en su ataque, que llegó a la padawan desde arriba, marcado por la trayectoria del salto de su maestro.

Ella no dudó ni un momento: saltó hacia arriba y hacia un lado mientras cruzaba con fuerza su espada contra el sable de luz. Sus respectivas velocidades eran tan distintas que ella salió despedida hacia uno de los parterres mientras Ide quedaba plantado donde ella había estado. Antes de que ella pudiera aterrizar, la hoja naranja ya se dirigía al lugar donde iban a acabar sus piernas.

Sus ojos se abrieron con miedo y sorpresa. Ahora sí que se lo estaba tomando en serio. Giró la punta de la espada hacia abajo, de forma que todo su peso se apoyaba sobre la espada, que fue lo único que tomó contacto con el suelo. El sable de luz golpeó la espada, pero al estar recibiendo todo el peso en movimiento de la padawan, rebotó habia atrás de una forma peligrosa y sorprendente. Casi tuvo que esquivar su propio golpe.

Pero a pesar de la brillante improvisación, el golpe tuvo otra consecuencia. La trayectoria de Arakosia se desvió, de forma que cayó en la fuente golpeándose la espalda y quedando parcialmente sumergida. Ide la siguió, sin darle tiempo a pensar más trucos sucios. De todas formas, Arakosia golpeó el agua con las dos piernas para crear una cortina de agua a través de la cual lanzó una estocada. Ide la detuvo sin esfuerzo, y saltó para evitar la zancadilla con la que siguió el movimiento. Golpeó oblicuamente, contra sus hombros, obligándola a parar en una posición tal que la espada saltara de sus manos al hacer fuerza.

La espada saltó, y ella también, en la dirección opuesta. Ide comprendió que el propósito de la maniobra era obligarlo a elegir entre asegurar la espada o perseguirla. Era sorprendente lo que estaba costándole dominar la pelea, pero ahora ya lo tenía controlado. No había nada más en este jardín que pudiera parar un sable de luz. La siguió a ella haciendo molinetes con la hoja naranja, y ella tuvo un segundo para coger un droide de jardinería y lanzárselo. Lo partió sin esfuerzo mientras seguía avanzando hacia ella. De repente, Arakosia tenía un sable de luz en las manos, y por primera vez Ide pudo reconocer una posición de combate con sable de luz. Forma I, sin lugar a dudas. Pero, ¿de dónde...? Lo activó. Una hoja azulada se extendió al instante.

La golpeó con fuerza, casi arrancándosela de las manos. Ella la sujetó a duras penas y saltó detrás del sable sin intentar contener su trayectoria, sino más bien fluyendo con él. Luego tiró con todo el peso de su cuerpo del sable, que pasó por encima de su cabeza y casi a través de la de Ide. El sable se soltó de sus manos y fue a parar a la fuente, donde se apagó. Ide la tenía ahora de espaldas a él, la hoja naranja junto a su cuello. Toda la musculatura de la chica se relajó visiblemente, marcando el final de la pelea.

-Todavía no conozco muy bien -Arakosia se detuvo. Le faltaba el aliento- las limitaciones de los sables de luz -respiró más tranquilamente-. ¿Se apagan al meterlos en el agua?

Ide estaba satisfecho. Seguramente esta noche al meditar sobre la pelea podría saber un montón de cosas sobre su padawan. Apagó el sable de luz, y dejó que ella recuperara un poco el aire antes de hablar.

-Si no son el del Maestro Kit Fisto, sí, se apagan -dijo mientras colgaba su sable en el cinto -. Anakin tenía razón, eres buena improvisando. Dime, padawan, ¿qué has sentido durante la pelea?

Además de escuchar, Ide la miró con los ojos de la Fuerza. La había presionado para esto, tenía que ponerla a prueba. Había estado atento a sus emociones durante la pelea, pero quería que ella misma se analizara.

Ella había resonado armónica en la Fuerza, conteniendo las vibraciones estridentes que habían inundado su pasado. Pero no sólo tenía que huir del Lado Oscuro: tenía que confiar en el Lado Luminoso.

-Ha sido... extraño -dijo, con voz introspectiva-. Al principio tenía miedo de hacerte daño sin querer, y estaba un poco nerviosa, quería hacerlo bien... -sonrió ampliamente- Y luego, al dejarme llevar, era como... como... -al recordarlo, cada vez estaba más radiante- Como si me sumergiera dentro de mí misma, y fuera de mí misma a la vez, y dentro tuviera una especie de pozo de tranquilidad... -levantó la vista, avergonzada- ¿Eso es normal?

-Lo es. Estoy impresionado, la Fuerza fluye rápida en ti. No está nada mal, para llevar sólo dos semanas en el camino de los jedi.

-Gracias, maestro.

Refuerzo positivo. Ide estaba gratamente impresionado. La verdad es que la chica no lo hacía nada mal. Por otra parte, si la padawan sonreía un poco más, se iba a comer sin querer sus propias orejas. Se acercó a la fuente y recogió el sable azul. Tenía una ligera idea de quién era su dueño, pero quiso asegurarse. Miró alrededor, esperando que Tallisibeth saliera. Se dio cuenta de que el talento de Tallisibeth tenía una cualidad naturalmente elusiva. Si no fuera porque sabía que estaba ahí...

Salió de detrás del árbol, con aire avergonzado.

-Me di cuenta de que me había olvidado el sable, pero no quería interrumpir...

Ide la observó durante un instante. Parecía estar diciendo la verdad. Casualidad, entonces. O la voluntad de la Fuerza. Hum.

-Tu sable es tu vida, Tallisibeth -dijo con tono reprobador, aunque en seguida cambió el tono y dibujó una sonrisa-. Al menos, eso es lo que me decía el maestro Obi-Wan cuando yo perdía el mío.

Entregó su sable a la chiquilla y miró a Arakosia.

-Padawan, hemos de partir. Nuestro piloto nos está esperando en el hangar.

Se marchó a un almacén cercano, para coger algunos utensilios de entrenamiento y dejar que las niñas se despidieran. No quería perder el tiempo durante el viaje: si Arakosia no sabía parar disparos de bláster, más le valía aprender cuanto antes.

Y no estaría de más que la chica llevara un sable de luz de entrenamiento. Aunque fuera por aparentar.

Poco después los dos estaban en el hangar acordado. Lionel les estaba esperando con la nave a punto.

-Lionel, esta es mi padawan, Arakosia...

Al decir esto, se dio cuenta de que no conocía el apellido de su aprendiz. Dejó la frase abierta, y la miró como esperando que ella la completara, pero inmediatamente pensó que era posible que la niña no recordara su propio apellido.

-Sólo Arakosia -dijo ella, con gesto animado-. En mi cultura no usamos apellidos.

Subieron a la nave. Ya había caído la noche cuando partieron. Tardarían tres días y medio en llegar a Nar Shaadda, con lo cual Arakosia tendría tiempo de practicar un poco con ataques energéticos a distancia. Ide esperaba que no lo fueran a necesitar, pero era mejor estar preparados.


Esa noche Ide repasó su primera jornada. La meditación de la mañana, el pasado de la chica, su destreza con el sable... Meditó con música. Se había llevado su flauta, le resultaba reconfortante saber que podría rendirse a los devenires de la Fuerza mientras producía música, música que a su vez parecía integrarse con los sonidos que la Fuerza le ofrecía durante la meditación, en un trance exótico de cientos de instrumentos tocando como una orquesta.

Eran sinfonías de Fuerza, que le reconfortaban y le ofrecían imágenes genéricas del pasado, el presente y el futuro. En algunas ocasiones, se podían encaminar las visiones. Como en esta ocasión, en que Ide quiso repasar la pelea con Arakosia.

Su habilidad de combate con sable era notable, pero no se beneficiaba de los beneficios de un entrenamiento sistemático. Parecía estar acostumbrada a pelear sin más ventaja que las que pudiera conseguir mediante maniobras improvisadas. Su habilidad con el sable de luz, en cambio, estaba aún en pañales. No controlaba el efecto giroscópico, y se notaba que la falta de peso de la hoja aún la confundía. Sin embargo, tenía un buen fondo atlético. Aprendería deprisa.

Pero había algo más... oh, sí. No se había apoyado en la Fuerza ni una sola vez durante todo el enfrentamiento. Ni telequinesis, ni acrobacias asistidas por la Fuerza... muchos de esos usos seguramente eran absolutamente desconocidos para ella.

Ide vio también la determinación de Arakosia. Cómo se había esforzado, en estas dos semanas, en eliminar el miedo cuando acudía a la Fuerza. Había encontrado otro camino para conectar con ella, y se aferraba a él con todo su empeño. Había pulido su técnica, había invertido mucho tiempo en controlar sus emociones, en mantenerse en calma y en paz cuando luchaba. Durante su meditación, Ide fue consciente de que la niña había estado seis años envuelta en el Lado Oscuro, y que no había sucumbido. Más bien al contrario: fue toda una revelación descubrir que se podía acceder a la Fuerza sin necesidad de potenciar el odio y el miedo.

Ide dejó de tocar y salió del trance. Relajó la postura, bajó su flauta, y permaneció unos segundos con los ojos cerrados.

Aunque ahora estaban en la disfunción temporal del viaje hiperlumínico, en el cual no había ni día ni noche, Ide empezó a sentir el cansancio. Recordó, por unos instantes, su primer viaje con Qui-Gon, Obi-Wan y Kwyna, cuando escaparon de Naboo en los días del bloqueo. Sus primeras lecciones, sus descubrimientos de lo que podía hacer con la Fuerza... Era todo un mundo nuevo, apasionante y desconocido.

Para Arakosia debía ser algo parecido, puesto que prácticamente había hecho borrón y cuenta nueva. Se estaba esforzando, y se le veía y convencida y determinada.

Sería una buena jedi. Ide estaba seguro.

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