Corre, Ide, Corre

De Subtrama
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Poco después de ser ordenado Caballero a su vuelta de Galmia, Ide Kanor es enviado por el Consejo a resolver la extraña desaparición de unos padawan del templo. Entre ellos, Arakosia, la niña sensible a la fuerza que Ide encontró en el santuario Sith en los abismos marítimos de Galmia. Los niños habían conseguido evadir la seguridad del templo y robar un coche.

Tras equiparse y algún intento infructuoso de seguir el rastro de los chicos guiado por la Fuerza, Ide decide confiar en un piloto del Templo al servicio de los Caballeros Jedi y en la informacion del tráfico.

Siguiendo la pista del coche, Ide llega a los suburbios de Coruscant. Lionel, su piloto, le deja frente a lo que parece ser un edificio de desguace y, tras enfrentarse a algunos esbirros, consigue que el que parecía ser el cabecilla le ponga tras la pista de Ziro el Hutt. En uno de los bares de Ziro Ide consigue entrevistarse con él, pero sin obtener más información que el hecho de que cualquier información le iba a costar mucho dinero.

Sin embargo, Ide nunca se hubiera imaginado que la suerte iba a estar tan de su parte cuando bajó al bar con las manos vacías.

Personajes:

Contenido

La suerte del principiante

"Son curiosos los devenires de la fuerza", pensaba Ide al acordarse de repente que ya no era un padawan. Lo primero que había pensado cuando Yoda cortó su trenza de padawan fue en el trato que habían hecho con Gorgo unos tres años atrás Kwina, Anakin él. Y justo en su primera misión, cuando parecía que se había atascado en la negociación con Ziro el hutt, bajó al bar y se encontró nada menos que a Gorgo. Bebiendo en la barra. Eso sí que era suerte.

Habló con Gorgo un rato, y le contó cómo les había ido después de que se encontraran en Nar Sharia. Le habló de su misión actual y sus negociaciones, y, casualidades del destino, resulta que el hutt con el que había estado tratando era nada menos que... el primo de Gorgo.

Eso era lo que se conoce comúnmente como un día redondo.

Charla con Gorgo

Gorgo es pequeño para ser hutt. Apenas sobrepasa los tres metros. También era bastante joven, en términos hutt. Sólo tenía 70. Y también, como corresponde a su edad y peso, era bastante ligero. No llegaba a la tonelada. Y hablaba con un tono bastante amistoso, al menos con Ide.

- Sí, he visto a la gente que buscas - informó.

- ¿Hablaste tú con ellos?

- No, no he hablado personalmente con ellos. Ziro es el que ha hecho un trato con ellos. Según los estándares hutt, yo ni siquiera llego a adolescente.

- Quién lo diría - apuntó Ide mientras miraba de reojo su enorme cuerpo.

- Ja, ja. Es que somos de desarrollo lento. Ven, te llevaré hasta mi primo. Pero me deberás un favor.

- Ya sabía yo que algo me ibas a pedir - dijo Ide con una sonrisa.

- Uno pequeño. Luego te diré cual - añadió mientras se movía hacia la parte trasera de la barra. Ve por este pasillo. Entra aquí. Sube por este turboascensor oculto. Ya nos veremos por ahí.

Tras intercambiar los códigos de sus intercomunicadores personales - lo cual sorprendió gratamente a Ide -, Gorgo se alejó, e Ide subió por segunda vez a los aposentos de Ziro, esperando que esta fuera la negociación definitiva.

Lo primero cuando negocias con un hutt, es no perder

Todos los hutt son hermafroditas (algo en lo que la mayor parte de la galaxia prefiere no pensar), pero normalmente desarrollan una personalidad definida hacia uno de los dos géneros más comunes de la galaxia: masculino o femenino. Ziro el Hutt, en cambio, había elegido la ambigüedad. Hablaba el básico con un notable amaneramiento que, sin embargo, no alcanzaaba a disimular su manera típicamente hutt de negociar, que alterna promesas, alabanzas y amenazas veladas.

Parecía complacido al ver a Ide, un caballero jedi de edad indefinida y voz quemada, con una mirada profunda de ojos verdes (aquel día llovía) que revelaban una potente mezcla de inocencia y sabiduría. Un Jedi que ha venido a ver a Ziro el Hutt, honrado comerciante. Siempre cuesta horrores que un hutt admita que sabe algo, y ésta no fue una excepción. Seguramente debido a alguna costumbre paranoica relacionada con dispositivos de grabación, los hutt no suelen admitir conocimiento de nada de lo que pasa cerca de ellos, ni siquiera cuando ya lo han reconocido antes. Al final, expuso a Ide la razón de su hermetismo.

- Por supuesto, Ziro el Hutt habla con mucha gente, Ziro el Hutt cierra muchos tratos. Por eso debe mantener ciertas convenciones, algunas reglas... no puede ir por ahí revelando todas las cosas que habla, porque entonces habría... consecuencias. Consecuencias muy poco agradables.

Y lo segundo...

...era salir airoso. No iba mal. Por lo pronto Ziro ya había admitido (en su primera conversación) que había comprado el coche robado de Ooth Rasvaelar. Y había dicho que habían sido los Jedi. Y había dicho también que esa información valía mucho dinero.

Dinero que Ide obviamente no tenía. Lo del coche podía solucionarse más tarde. En el Templo seguro que alguien tenía alguna idea. El problema era que, a cambio de la información de por dónde habían ido los Jedi, seguro que Ziro le pedía alguna barbaridad.

- Está claro, quieres dinero a cambio de la información. Dinero que no tengo ahora mismo, pero que podría conseguir con tiempo. Tiempo que no tengo ahora mismo. Pero estoy seguro de que algo me podrás pedir a cambio. Un hutt siempre tiene cosas que pedir. Ahora bien, nada ilegal.

Ziro el Hutt parece enroscarse sobre sí mismo, mientras sonríe.

- Déjame que te hable de Zhur Garin. Zhur Garin se gana la vida introduciendo artículos ilegales en Coruscant.

Parece un poco incómodo, como si recordara de repente con quién está hablando. Cuando habla de nuevo, su voz es inexpresiva.

- A mi, particularmente no me parece mal. Algunas cosas, bueno, hay gente que las necesita. Pero desde hace un tiempo ha decidido que otra buena manera de ganar dinero es mediante el procedimiento de no pagar sus deudas.

Ahora sus ojos están entrecerrados, y ya no parece una babosa gigante. Ahora recuerda bastante a una serpiente.

- Sus deudas hacia mí. Me debe medio millón. Me dijo que había sido mala suerte, que había tenido que deshacerse de un cargamento, que luego lo asaltaron unos piratas... Sé que miente. Sé que se lo ha gastado en algo. En esto.

Toca un botón junto a su cabeza, y un holoproyector sale del techo al mismo tiempo que las luces se atenúan. Y esto es lo que proyecta.

- Ni sé lo que es, ni sé para qué lo quiere. Pero quiero que se lo quites para que yo pueda recuperar mi dinero.

A veces la vida le daba a uno sorpresas. Como por ejemplo, encontrarse tras la pista de un holocrón sith mientras busca a unos niños perdidos. Aunque las ideas aparecía a toda velocidad, Ide decidió empezar por lo más práctico: terminar lo que estaba haciendo. Y después, informar. A Obi-Wan. O a Yoda.

Ide trazó rápidamente un plan. Localizar a los niños. Avisar al templo de que los enviaría de vuelta en un transporte mientras terminaba el asunto del holocrón. Avisar a Obi-Wan del descubrimiento. Ir a por el holocrón. Volver a hablar con Ziro, decirle que un aparato así le iba a traer muchos problemas y convencerle de que es mejor que se lo llevara Ide a que se lo llevara un Jedi menos simpático.

- Está bien, Ziro. Acepto tu trato. Ahora, dime dónde fueron los niños.

- Pensé que ya lo habrías adivinado. Fueron a casa de Zhur Garin.

Tras preguntar la localización de la casa de Zhur Garin y despedirse de Ziro, Ide se apresuró hacia la calle. Antes de salir del local Ide se volvió a acercar a Gorgo, que había vuelto la barra para continuar con su dieta de pincho de gizka.

- ¿Es peligroso ese tal Zhur Garin?

La cara del hutt vuelvió a ser simpática, así como su tono de voz.

- ¿A tí también te ha mandado a por Zhur Garin? -engulló un nuevo pinchito, con gesto desenvuelto- No es que sea peligroso que se sepa. Ni formación de élite, ni trabajos de cazarecompensas, ni usuario de la Fuerza... Camarero, otra ronda para mí. ¿Tú quieres algo? Mi primo invita.

- Uhm, no, gracias. Se me ha quitado el hambre de repente con el tema este de Zhur Garin.

- Pues, la cosa es que, aunque no tenga ninguno de esos talentos, tiene otro que trae a Ziro de cabeza -dió un mordisquito-. Ninguno de los sicarios que ha mandado a por él ha regresado -su mirada se tornó traviesa-. No sabemos por qué. Pero -miró intensamente a Ide- tengo la impresión de que estás a punto de averiguarlo.

- Y volveré para contártelo. Debo marchar.

- Espera, antes de que te vayas -la expresión de su cara se tornó seria y respetuosa-. Necesito saber la respuesta a una pregunta. La pregunta está grabada en este cristal de memoria -que desliza en un bolsillo de la túnica- que tiene capacidad para grabar una respuesta. Grábala encima y dámela en cuanto puedas, por favor.

Otra costumbre rara de Gorgo. Que Ide supiera, era el único hutt que pidiera de vez en cuando las cosas por favor. O quizá sólo lo hacía con él.

Al final hasta terminaban siendo amigos.

Tras la pista de Zhur Garin

Ya fuera del local, Ide llamó a Lionel. Mientras llegaba, sacó el cristal que le había dado Gorgo y lo introdujo en su hololibro - el cual seguía estoicamente con vida tras los devenires de la aventura en Shadar 4.

En ese momento, Ide se dio cuenta de que aquella era una buena forma de conseguir privacidad. Entre el gentío nadie reparaba en él y en la pista de audio que se reproducía en el mismo umbral de lo perceptible... sin la Fuerza.

- Necesito saber si los Jedi entrenan hutt; y si es así, en qué circunstancias.

Ide no lo sabía. Era de esperar, hubiera sido demasiado fácil. Podría preguntarlo cuando llegara al Templo.

Ah, el Templo. Tenía que informar al Templo. Buscó un rincón apartado y llamó al comunicador de Obi Wan.

- ¿Maestro?

Aparecieron en el comunicador las figuras de Obi-Wan y de Ki-Adi-Mundi.

- Te escucho, Ide. ¿Va todo bien?

- Estoy tras la pista de los chicos desaparecidos. Al parecer han comerciado con el coche de Ooth Rasvaelar para escapar del planeta. Atando cabos he llegado hasta Ziro el hutt. Y me ha dicho... que están tras algún turbio asunto sith.

-¿Ziro el hutt te ha dicho que están tras un asunto sith? -dijo Obi-Wan, con expresión incrédula- ¿Y qué sabe Ziro sobre los sith? ¿Y cómo han podido llevar a cabo sus maquinaciones sith dentro del templo? ¿Estás seguro de eso?

Ki-Adi interrumpe a Obi-Wan.

-Tranquilidad. Los hutt son famosos por su capacidad para el engaño, y todo Coruscant sabe que entre los cargos presentados contra Palpatine se encuentra la acusación de ser un sith. Puede que le haya dicho al muchacho algo de lo que piensa que quiere oir.

- Sí, es posible -repuso Obi-Wan, ya con algo de calma recuperada-. En cualquier caso, puedo percibir que el tiempo es un factor importante. No pierdas demasiado tiempo en informarnos. Tus deberes como Caballero Jedi incluyen el ser capaz de decidir por tu cuenta.

- Voy a seguir tras ellos. Creo que hay un holocrón Sith involucrado en todo esto.

- Está bien. Iremos haciendo sitio en una estantería -dice Obi-wan mientras sonríe-. Intenta, en la medida de lo posible, recuperarlo entero, pero no te arriesgues -La expresión de Obi-Wan se vuelve solemne-. Y que la Fuerza te acompañe.

Justo a tiempo. El vehículo de Lionel desciende justo a la izquierda de Ide.

- Lionel, ¿sabes por dónde queda esto? - preguntó Ide, mostrándole la dirección que Ziro le había dado.

- Er... sí. Está en el sector industrial.

- Pues ahí es a donde vamos.

-¡Sí señor! -respondió animadamente.

Sin hacer nada espectacular, conduciendo con modales pausados y algunos rodeos que parecían carentes de sentido; pronto se evidenció que viajaban todo lo rápidamente que se puede viajar (sin infringir la ley) en un tráfico superpoblado como el de Coruscant. Aquí hay sabiduría, pensó Ide. Recordó las palabras del maestro Yoda, hace ya años: "En todas partes una lección hay, si descubrirla sabes."

A su vez, estas palabras le recordaron a Qui-Gon, cuando dijo en Shadar IV: "Fíjate en las formas de vida. Ellos están en armonía con su entorno. Fluyen con la Fuerza."

A pesar de que el viaje duró una buena media hora, a Ide se le hizo incluso demasiado corto.

El Caparazón de Garin

No era un edificio muy grande, para ser Coruscant. Unos quince metros de alto, unos setenta metros de profundidad, unos cincuenta metros de ancho. Sin ventanas, con una única puerta por la que podría entrar un carguero ligero, un poco justo. Todo el edificio parecía a punto de derrumbarse bajo el peso de su propio óxido, y daba la impresión de que la parte más sólida del mismo eran las pintadas que lo cubrían de arriba abajo. Entre ellas, destaca una más grande, escrita sobre el dintel en grandes letras básicas que relucen al blanco ultravioleta: "El Caparazón de Garin".

A Ide no le gustaban las fortalezas inescrutables. No por la parte de fortalezas, si no porque le gustaba entrar en los edificios por el procedimiento de llamar a la puerta, más que destruir la puerta para luego entrar.

Lionel descendió cautamente a unos treinta metros del Caparazón.

- Es parte del procedimiento estándar -explica con voz tranquila-. Por si hay algún tipo de trampa de proximidad.

La expresión de su cara pasó de la inexpresividad anterior a una especie de sonrisa socarrona.

- Aunque, si hubiera una trampa, lo presentirías, ¿no?

- Sí, pero sólo unos segundos antes de que nos matara, con lo cual no nos serviría de mucho - dijo Ide con un tono a medio camino entre el humor y la resignación.

A decir verdad, Ide todavía no se sentía muy seguro como caballero. En tan sólo un par de semanas su vida había pasado de tomar decisiones conjuntas con el amparo y apoyo de sus compañeros padawan, o bajo la tutela de sus dos sabios maestros, Qui-Gon y Obi-Wan, a encontrarse solo. O al menos, sólo con la Fuerza a su favor.

Bien pensado, no era poco tener la Fuerza contigo.

La expresión de Lionel se volvió de nuevo totalmente profesional.

- Bueno, lo que sea. Estaré aquí, con el vehículo listo para salir pitando. Y tendré el blaster a punto por si pasa... algo inesperado.

Ide se bajó del coche y escudriñó la zona. Necesitaría un plan. El maestro Obi-Wan hubiera trazado un plan. O a lo mejor debía sin más intentar entrar, y dejarse llevar por el camino al que la Fuerza le había traído.

Como primera aproximación, Ide se acercó a la puerta, y, haciendo uso de la Fuerza unificadora intentó buscar influencias del Lado Oscuro. Así sabría al menos si había alguien fuerte en el lado tenebroso de la Fuerza. Y si le descubrían... bueno, le iban a descubrir en cuanto pusiera un pie en el edificio.

En el instante en el que enfocó su voluntad, pasó por su mente, como un relámpago, un recuerdo fugaz. El maestro Yoda, hablando con él en el Templo, cuatro meses antes de la Misión a Nar Sharia.

Estaban sentados sobre cómodos pedestales cilíndricos acolchados, en una de las cámaras de meditación. Ide todavía se recordaba a sí mismo con once o doce años, preguntándole al maestro Yoda:

-Maestro, ¿cuál es la mejor forma de percibir el Lado Oscuro?

-Tener en cuenta debes, que el Lado Oscuro esquivo es. Difícil de percibir. Sembrar la duda y la desconfianza lejos de sí puede, y de igual manera entre las sombras esconderse. Mucho más a menudo, las emociones de los atraídos por el Lado Oscuro más fácilmente percibir podrás.

-Entonces... -contestó Ide, dubitativamente- ¿es mejor intentar percibir mediante la Fuerza viva las emociones...-la cara de Yoda, aunque bastante inexpresiva, parecía animar a Ide a seguir- de los usuarios del Lado Oscuro?

-Una regla fija con la Fuerza no hay -su sonrisa era la de un abuelo afectuoso. Sus ojos esmeralda parecían nutrirse directamente de la Fuerza-. Conocer sus usos debes, para a cada situación una respuesta dar. En mis palabras medita.

Ambos quedaron en silencio durante un breve intervalo de tiempo. Con voz mucho más segura, Ide repuso:

-El Lado Oscuro es difícil de percibir directamente, pero... -Yoda asintió con la cabeza, animándolo a continuar- ...pero los que lo usan, habitualmente están embargados por sentimientos como la ira o el odio. Así que detectar estos sentimientos puede ser más fácil que percibir el propio Lado Oscuro.

-En algunas circunstancias. En algunas ocasiones, ambas facetas de la Fuerza a la vez necesitarás usar... -arrojó un dulce al regazo de Ide- pero esas técnicas, cuando seas Caballero ya aprenderás.

Se incorporó y bajó de un salto de su pedestal.

-Ese día, todavía lejos está.

"No tanto, maestro... "

Se sumergió en la Fuerza. Sentir la Fuerza Unificadora seguía pareciendo la mejor opción.

Allí había algo. El Lado Oscuro de forma basta, sin pulir. Emociones crudamente canalizadas, como un instrumento tocando una sola nota sin parar. La voluntad de someter.

Inmediatamente llegó a un compromiso. No tenía un plan elaborado, pero al menos tenía por dónde empezar. Su misión era encontrar a los niños. Así que... preguntaría por los niños. Por Arakosia. Si había alguien en quien podía confiar, era en Arakosia. Y, mientras buscaba un timbre o algo parecido en lo que llamar, buscó a Arakosia en la Fuerza, para que supiera que Ide estaba allí.

Sí, en Arakosia podía confiar.

Arakosia estaba ocultándose una vez más en los entresijos de un lugar claustrofóbico, con una niña pelirroja de cinco años cogida de la mano.

-No tengas miedo -le dijo a la niña, con voz segura-. Ide está en camino.

La niña asintió con la cabeza.

Planta baja

Ide no sabía seguro si Arakosia le había sentido o no, pero ahora eso no importaba. Aporreó la puerta. De forma casi inmediata, una parte concreta de lo que parecía una sólida pared metálica se plegó hacia dentro con un suave silbido. Ide miró la entrada que tenía delante, con aire pensativo.

"Esto no es, para nada, tan primitivo como aparenta", pensó mientras observaba el pasillo alfombrado y bien iluminado que se abría frente a él.

Se abrió a la Fuerza, esperando obtener alguna pista que le permitiera orientarse.

Sintió emociones intensas, de sorpresa y dolor. Y muerte. A no mucha distancia de aquella puerta, había muerto gente.

Esto, pensó Ide, no es nada orientativo. Y recordó las palabras del maestro Qui-Gon: "No esperes que la Fuerza sea la respuesta a todos tus problemas."

- Pues ojalá lo fuera - susurró Ide, como esperando que la Fuerza le escuchara.

Se paró a pensar por un momento. Muerte, sorpresa, dolor, pasillo. Quizá había trampas de movimiento. Ide repasó mentalmente su recién adquirido equipamiento de caballero para encontrar algo grande y de poco valor. Finalmente, se quitó la capa, y con un ligero movimiento la lanzó hacia delante. Dirigida por la Fuerza, la capa trazó un suave vuelo a lo largo del pasillo. Ide echó la mano a su sable de luz, mientras observaba la capa avanzar.

Varias puertas cerradas, de plástico antiguo. Una esquina, teñida de dolor. La capa tuerce primero. Algo atraviesa la capa, clavándola contra la pared. Ide enarcó una ceja mientras extendía su percepción un par de metros. Un complejo mecanismo, parecido a un brazo metálico terminado en punta, estaba electrocutando la capa al tiempo que la atravesaba.

Ide esperó unos instantes, en los cuales comenzó a salir humo blanco de la capa. Cuando parecía que iba a comenzar a arder, el brazo se retiró. La capa cayó al suelo, sin arder después de todo. Con un movimiento sencillo de su mano, Ide volvió a levantarla. Y continuó explorando la zona.

En la media hora siguiente, Ide hizo saltar seis trampas mortales. Gas cianógeno (que simplemente no respiró), metal afilado disparado desde el techo (la capa iba a necesitar un buen remiendo), dos tipos distintos de blaster (y parches para las quemaduras), hilos monofilamento (el remiendo claramente iba a tener que ser extensivo), y una espectacular llamarada que casi lo dejó sin pestañas (vale, solucionado el problema del remiendo, habrá que pedir una capa nueva).

También descubrió que allí vivía gente. Humanos o casi, por el tipo de comida que había almacenada y por los minirobots de limpieza, claramente operativos y alerta.

Por último, descubrió una escotilla, rodeada por seis cadáveres humanos. Los minirobots de limpieza pitaban y zumbaban alrededor, sin saber qué hacer con ellos.

"Probablemente sean los últimos esbirros que Ziro mandó a cobrar su deuda", pensó Ide mientras se acercaba a la escotilla. Sintió la muerte y el dolor una vez más en su conexión con la Fuerza, y también sintió pena. "He estado en una guerra de tres años, y aun así no me acostumbro a la muerte". Súbitamente se acordó de Arakosia. Antes de resolver lo de la escotilla intentó de nuevo, sin muchas esperanzas, localizar su impronta en la Fuerza. Se preguntó si estaría escondida tras alguna de aquellas puertas de plástico.

Dividió mentalmente la planta en cuadrículas, calculando la superficie de cada cuarto que había visto. Apenas quedaba nada. Además, seguramente hubiera sentido la presencia de Arakosia si hubiera llegado a estar cerca de ella en algún momento. Estaba seguro, de forma más que razonable, de que Arakosia no estaba en esta planta.

"Seguro que está bien, es una chica fuerte", se dijo Ide como para consolarse. De regreso a la percepción sensorial, y se centró de nuevo en la escotilla.

Probó a abrirla.

La puerta tenía un interruptor de clave n-redundante. Y un botón de apertura bastante común. Pero pulsarlo no causaba ningún efecto, aparte de un ruidillo desagradable tipo "mec-mec", que es la forma de los mecanismos de decirte que no se piensan abrir de momento. Más o menos el equivalente de las máquinas a sacar la lengua.

Con visible frustración - frustración Jedi: comedida, pero frustración - Ide golpeó la escotilla, como esperando que alguien al otro lado le escuchara llamar y amablemente le abriera. Nadie respondió. Había dos posibilidades: nadie le escuchaba o nadie quería abrir. Ide intentó, como plan B, hacer uso de sus conocimientos de informática para intentar saltarse el sistema de seguridad. Además, siempre quedaba el plan C: abrir la escotilla por el poco educado pero efectivo método de atravesarla con su sable de luz.

Conectó su minipanel de datos (una de las escasas posesiones materiales que le había acompañado en su periplo por Shadar IV) a la entrada de datos y comenzó a trabajar. Pronto se hizo evidente que el que había diseñado y construido este sistema no lo había hacho a la ligera. Una estimación inicial, realizada desapasionadamente por el programa de desencriptación, indicaba que el tiempo medio necesario estimado para abrir esta puerta era de unos setecientos mil años. El maestro Obi Wan siempre decía que un jedi debe tener paciencia, pero esto parecía ligeramente excesivo.

A Ide se le habían agotado las vías diplomáticas. Agarró su sable láser, encendió la hoja naranja y se relajó, dejando que la Fuerza fluyera por él. Se centró en la puerta, se centró en su propio cuerpo y en el calor que en breve emitiría la puerta, al ser calentada por la energía del sable más allá del punto de fusión. Por supuesto, pensó Ide, no necesito fundir una zona muy grande... Preparado en la Fuerza, Ide clavó el sable en el metal.

"La última vez que intentamos abrir la puerta con un sable láser, Anakin perdió su sable de luz y sufrió quemaduras en las manos y los antebrazos"

Ide sonrió, totalmente en paz. La Fuerza cantaba con él, llenándolo de poder. No sabría decir cuánto tiempo le había llevado, pero bastante poco en cualquier caso. Abrió la escotilla con la Fuerza. El metal fundido caía sobre la escalerilla, al mismo tiempo enfriándose y calentándola. Abajo del todo, una alfombra lujosa ardía, prendida por el duracero incandescente.


El hogar de Garin

Ide se dejó caer, ignorando la escalerilla al rojo. Junto a él ardía la alfombra.

Por un momento, Ide pensó en seguir y dejar la alfombra arder, pero luego pensó en el resto de los muebles, que parecían bastante combustibles. Levantó ligeramente la alfombra con la fuerza, y la hizo una bola. El metal fundido que estaba provocando el incendio cayó al suelo de metal, y la bola apretada de tela ardió hasta consumirse. De ella sólo quedo un montoncito negro que echaba humo.

"No sé si a Garin le va a gustar esto", pensó Ide al ver el techo ligeramente chamuscado. Al tiempo, pensó que Garin tendría suerte si después de todo seguía teniendo cabeza.

Había dos pasillos, a la izquierda y a la derecha. No se percibía más muerte en ellos, exceptuando claro los cadáveres que había sobre su cabeza. Ni tampoco el Lado Oscuro, o al menos hasta donde Ide consiguió percibir. El Lado Oscuro siempre era escurridizo.

Ide echó a andar por el pasillo de la izquierda. Había puertas metálicas decoradas con buen gusto. Se paró ante una de ellas, y a los dos segundos se abrió. Apareció ante él lo que parecía ser una cocina común. Casi al momento, Ide escuchó dos pitidos cerca de donde había ardido la alfombra. Miró hacia allá, y vio como el sistema antiincendios dejaba caer una buena cantidad de espuma sobre el metal fundido. Y después, nada. De repente pensó que podría venir algún tipo de guardia a ver lo que había pasado, así que decidió entrar en la cocina, cerrar la puerta y esperar unos minutos.

Tras unos momentos en los que no sucedió nada, Ide decidió que o bien Garin ya sabía que estaba allí o no le importaba en absoluto que algún intruso estuviera destrozando su casa. En cualquier caso, se dispuso a salir de la cocina. Con el ligero contratiempo... de que la puerta no abría.

"Diablos", pensó.

En la cocina no había nada fuera de lo común, exceptuando los dos droides desconectados que Ide acababa de ver, pegados al techo y hechos una bola. Parecían droides de cocina. E Ide esperó que fueran droides de cocina, y que fueran del tipo de droides de cocina que no atacan con cuchillos afilados a los desconocidos.

- Droides, ¡en pie! - dijo Ide firmemente -. El maestro Garin tiene invitados, y me ha enviado para que os avise de que necesita un refrigerio. Preparadlo y llevadlo a sus aposentos. Yo os acompañaré.

- I-pi-biribi. Pi-piiit.

Ide no hablaba binario, pero supuso que había funcionado. En treinta segundos de rápida actividad los droides preparon una jarra grande de algo parecido a un batido de algo verdoso oscuro. Sirvieron ocho vasos, y uno de los droides sujetaba una bandeja mientras el otro se dirigió a la puerta. Pero la puerta no se abría. El droide pitó cómicamente, con un sonido que sugería primero irritación y luego tristeza. Otro droide se acercó, y golpeó la puerta un par de veces. Luego de eso se unió al pitido entristecido del primero. Los dos droides estaban flotando ante la puerta. Al parecer, ellos tampoco podían abrirla.

"Cielos. Este asunto de las puertas que no se abren empieza a ser recurrente" - se dijo Ide, que empezaba a estar harto de estar encerrado.

-Hum... ¿vosotros no sabréis el código para abrir la puerta?- inquirió Ide educadamente.

-Pu-Po-Po-Prtzz

Eso le sonó a Ide que no.

-Parece que la puerta se ha averiado. ¿No hay alguien a quien debáis llamar?

Pitaron animadamente. Parecía que sí.

Uno de ellos, el que llevaba la bandeja, extendió una antena. Luego silbó, o algo muy parecido. Cuando hubo acabado se quedó frente a la puerta, aún sosteniendo la bandeja. El otro preparó, en un santiamén, una especie de rollito de pasta, relleno de fruta.

Se acercó a Ide canturreando, mientras le ofrecía el rollito. En la medida en que Ide era capaz de determinarlo, parecía bastante animado.

Si Ide había aprendido algo en sus años como diplomático de guerra en Galmia, era que no había que comerse nada que te diera el enemigo.

- Oh, muchas gracias, pero ya he comido mucho hoy. Muy atento de tu parte - dijo Ide mientras sonreía y daba una suave palmadita al pequeño robot. Pero me lo llevaré y me lo comeré más tarde.

Ide se sentó en un taburete y se puso a pensar en melodías y armonías, como solía hacer de pequeño cuando esperaba algo. Sacó su flauta y empezó a tocar. Ahora que era un Jedi, irremediablemente asociaba la música y la Fuerza. Dejándose llevar por su música y sus pensamientos, se relajó, preparándose para lo que estaba por venir.

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